Trump en la ONU

Audacia, poder y el retorno del liderazgo estadounidense.

Csar Sandoval
10 min de lectura
23 de septiembre, 2025. Trump en la ONU

El 23 de septiembre de 2025, los líderes presentes en la 80° Asamblea General de la ONU fueron testigos de un momento que podría marcar un antes y un después en la política internacional. Donald Trump, el Presidente 47 de Los Estados Unidos, subió a la tribuna con un discurso que no buscó la aprobación de la diplomacia convencional, ni el aplauso fácil de aliados o adversarios. Su mensaje fue claro, directo y, sobre todo, disruptivo: Estados Unidos no solo vuelve a jugar un papel protagónico en el mundo, sino que redefine cómo se ejerce ese protagonismo. En sus palabras, “Estados Unidos está bendecido con la economía más fuerte, las fronteras más seguras, el ejército más poderoso, las amistades más sólidas y el espíritu más grande de cualquier nación sobre la faz de la Tierra. Esta es, sin duda, la Edad de Oro de Estados Unidos.” dejó claro que el país norteamericano está dispuesto a ejercer su poder para intentar regresar al sitio prioritario en el tablero geopolítico mundial que jugaba décadas atrás.
Mas allá de una simple exaltación retórica; es la declaración de un nuevo centro de gravedad geopolítico. Estados Unidos reivindica su peso, su capacidad de acción y su derecho a liderar de manera efectiva, y no simbólica. La Casa Blanca plantea que la diplomacia debe traducirse en resultados concretos, que la cooperación internacional tiene sentido solo si produce soluciones y que la fuerza, cuando es necesaria, es legítima.

El discurso, sin concesiones, fue un cuestionamiento directo al funcionamiento de la ONU. Trump afirmó: “¿Cuál es el propósito de las Naciones Unidas? La ONU tiene un potencial enorme… Todo lo que parece hacer es redactar cartas muy enérgicas, y luego nunca darles seguimiento. Son palabras vacías, y las palabras vacías no resuelven guerras” Con estas palabras, el presidente pone sobre la mesa la incapacidad de los organismos multilaterales para generar cambios reales y efectivos, y esto viniendo de Trump, no es solo una crítica; sino que puede tomarse como una señal de que Estados Unidos redefine su compromiso con el multilateralismo justo, desde un enfoque económico y político, subordinando la cooperación internacional a la eficacia y a los intereses nacionales.

Donald Trump. Presidente de los EE.UU.


En el corazón de su discurso se encuentra una política de seguridad integral, donde migración, crimen organizado y narcotráfico son tratados como amenazas estratégicas comparables a desafíos militares. Trump subrayó: “El número de extranjeros indocumentados admitidos y que entran en nuestro país ha sido cero… Nuestro mensaje es muy simple: si ingresas ilegalmente a Estados Unidos, irás a la cárcel o regresarás al lugar de donde viniste.” Esta afirmación además de buscar un efecto interno entre el electorado, de cara a las elecciones de medio término del próximo año, también envía un mensaje claro a gobiernos vecinos y redes transnacionales: Estados Unidos actuará de manera decidida para proteger sus fronteras y garantizar la seguridad hemisférica, priorizando América como continente y concepto antes que los conflictos en Europa o Medio Oriente.

Nicolas Maduro amenazado por EE.UU.



En base a esto, Venezuela y Nicolás Maduro fueron mencionados de manera explícita, situando al país sudamericano en el epicentro de la violencia transnacional y del narcotráfico con rutas hacia Estados Unidos. Al calificar a Maduro como líder de un cartel narcoterrorista, Trump establece que Washington no tolerará que estructuras estatales sean usadas como plataformas de desestabilización regional. Este señalamiento no es solo simbólico; anticipa acciones políticas, económicas y operativas que buscan contener amenazas cercanas a las fronteras estadounidenses. Dejándolo claro cuando dijo que los “borraría de la faz de la tierra”. En Europa y frente al conflicto en Ucrania, Trump fue igualmente contundente. Criticó políticas que priorizan agendas globales sobre seguridad nacional y planteó que la cooperación transatlántica debe ser práctica y recíproca. “Esperamos que nuestros aliados compartan la carga y entreguen resultados”, afirmó, enviando un mensaje inequívoco de que Estados Unidos busca eficacia sobre compromiso ideológico. Esta postura marca un giro: se privilegian acuerdos bilaterales con resultados concretos frente a compromisos multilaterales que, según la Casa Blanca, no generan impacto real. Además de marcar un aparente giro en cuanto a la postura neutral que había mantenido en cuanto al Presidente Putin y las expectativas luego de su reunión bilateral en Alaska apenas en agosto pasado.

El cambio de enfoque hacia la política climática también fue categórico. Trump calificó como “el mayor engaño jamás perpetrado sobre el mundo” ciertas políticas ambientales internacionales. Este rechazo a compromisos globales subraya la intención de priorizar intereses internos, asegurando competitividad económica y autonomía, aunque tensione la cooperación con aliados que sostienen agendas ecológicas y regulatorias. El estilo del discurso complementó su mensaje. La combinación de frases directas, advertencias estratégicas y acusaciones concretas buscó provocar una reacción inmediata. La teatralidad, con los problemas técnicos del teleprompter, la escalera que se detuvo mientras el Presidente y la Primera Dama estaban a bordo, y la precisión en la entrega de cada palabra, convirtió la sesión en un espectáculo político con impacto multiplicador en medios y redes. Cada gesto, cada pausa y cada énfasis reforzaron la narrativa de Estados Unidos como actor decisivo y autónomo en el escenario global y destacó la experiencia de Trump como conocedor de los medios, el poder que tienen y cómo deben ser utilizados para dar el mensaje que él indica.

EL reto de Trump


El impacto de estas declaraciones es profundo y multifacético. Por un lado, establece un centro de gravedad estadounidense que prioriza la fuerza y la presión selectiva como herramientas de liderazgo. Por otro, tensiona a aliados tradicionales, especialmente europeos, al relativizar compromisos climáticos, económicos y normativos compartidos. Estados Unidos comunica con claridad que la acción efectiva importa más que la retórica diplomática y que está dispuesto a confrontar a quienes, según su visión, obstaculizan esa efectividad.

Existen riesgos estratégicos evidentes. La priorización de la fuerza y la bilateralidad sobre el consenso multilateral puede fracturar relaciones diplomáticas, incentivar la creación de contrapesos regionales autónomos y desafiar la legitimidad estadounidense en foros internacionales. Sin embargo, si estas políticas logran interrumpir rutas de narcotráfico, estabilizar flujos migratorios y asegurar acuerdos bilaterales efectivos, el discurso de Trump habrá convertido la audacia retórica en resultados tangibles, redefiniendo el liderazgo estadounidense y la importancia de organismos como la ONU en la época moderna.
Históricamente, este discurso marca un cambio en la política exterior de Estados Unidos. Desde el fin de la Guerra Fría, el país ha oscilado entre cooperación multilateral y liderazgo unilateral. Trump propone un enfoque donde la audacia, la presión selectiva y la capacidad de acción inmediata vuelven a ser determinantes. Esto no es un gesto simbólico, es más un planteamiento para una profunda reestructuración de la manera en que Estados Unidos proyecta poder, con consecuencias directas en América Latina, Europa y Asia.
En el plano hemisférico, la intervención directa en seguridad, vinculada a migración, narcotráfico y crimen organizado, establece un precedente: Washington declara su poder, y lo respalda con operaciones concretas. En el plano global, la reinterpretación de la cooperación internacional como subordinada a objetivos nacionales redefine relaciones con aliados y adversarios, desde Rusia y China hasta la Unión Europea, y por su puesto, con su nuevo enfoque en América continental.

El discurso de Trump no buscó la confrontación gratuita o el aplauso fácil en medio de las expectativas o adulaciones al país. Es una declaración estratégica descrito en un desafío a estructuras ineficaces y una prueba de audacia política. La voz estadounidense vuelve al centro de la escena, pero bajo reglas propias. Su éxito dependerá de la capacidad de convertir la retórica en resultados, equilibrando fuerza con diplomacia y acción con legitimidad.
En un mundo fragmentado, donde las amenazas transnacionales requieren respuestas rápidas y efectivas, la intervención de Trump ante la ONU redefinió los límites de la política exterior estadounidense. La pregunta que queda en el aire es si esta audacia logrará consolidar un liderazgo efectivo y sostenible, o si la unilateralidad generará tensiones irreversibles. Lo cierto es que la historia de la política global acaba de recibir un mensaje potente y claro: Estados Unidos ha vuelto, y lo hace con determinación, fuerza y una visión de resultados que desafía convenciones que habían nacido de la comodidad de la financiación norteamericana sin exigir resultados concretos.

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