Durante décadas, el Foro Económico Mundial fue el altar donde los líderes del mundo rendían culto a la globalización, el libre mercado y la cooperación transatlántica. Pero esta semana, en medio de los picos nevados de los Alpes suizos, el espíritu de Davos parece haber sido reemplazado por una atmósfera de asedio.
La llegada del presidente Donald J. Trump a la 56ª reunión anual no ha sido solo una visita de Estado, sino una colisión frontal contra los cimientos del orden internacional. Con un discurso que mezcló el triunfalismo económico con una retórica territorial que no se escuchaba en Occidente desde el siglo XIX, el mandatario estadounidense dejó claro que su segunda presidencia no busca reformar el sistema global, sino moldearlo a la política America First.
El “Plan Groenlandia”
El momento más divisivo ocurrió durante la sesión especial de este miércoles. El presidente Trump, ante una audiencia de directivos de multinacionales y diplomáticos estupefactos, redobló su exigencia de anexar Groenlandia, calificando la actual soberanía danesa como un “anacronismo histórico” que amenaza la seguridad de América del Norte.
“No queremos usar la fuerza”, declaró el Sr. Trump, aunque vinculó inmediatamente la “cooperación” de Europa en este asunto con la permanencia de los aranceles comerciales. Su propuesta de un “Domo Dorado” de defensa misilística sobre el Ártico, bajo control exclusivo de Washington, fue interpretada por los delegados europeos no como una oferta de protección, sino como un ultimátum.
“Es un error estratégico tratar a los aliados como adversarios”, respondió Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. En un discurso que evocó el “Choque de Nixon” de 1971, Von der Leyen advirtió que Europa está lista para activar su “bazuca comercial”, el mecanismo anticoerción de la UE, si Washington persiste en usar la soberanía territorial como moneda de cambio.
La resistencia de las “Potencias Medias”
Mientras Trump proyectaba imágenes generadas por inteligencia artificial de una bandera estadounidense ondeando en el Ártico, otros líderes intentaban articular una defensa del multilateralismo.
- Emmanuel Macron: Apareció en el estrado luciendo gafas de sol reflectantes, atribuidas a una afección ocular, pero interpretadas por muchos como un gesto de desafío estético. Macron lanzó una dura advertencia contra el “neocolonialismo” y el “imperialismo” de las grandes potencias, instando a Europa a no convertirse en un “vasallo” de los intereses estadounidenses.
- Mark Carney: El primer ministro canadiense, en una de las intervenciones más aclamadas, fue tajante: “La nostalgia no es una estrategia”. Carney argumentó que el viejo orden ha muerto y que las potencias medias deben formar coaliciones de “geometría variable”.
Un Davos dividido
La fractura no es solo política, sino fundamentalmente económica. Mientras la delegación estadounidense, encabezada por figuras como Howard Lutnick y Scott Bessent, proclamaba el fin de la globalización “que dejó atrás a los trabajadores americanos”, otras naciones como India buscaban llenar el vacío. El ministro Ashwini Vaishnaw presentó a una India como el “socio de confianza” en la era de la IA, contrastando su modelo de crecimiento inclusivo con la volatilidad de las potencias occidentales.


